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Actualización sobre el Alzheimer: avances frente a una enfermedad progresiva

Escrito por: 
Hilary Henly
17 mayo, 2026 • 
15
 min de lectura

Resumen del artículo

Los avances en la investigación sobre la enfermedad de Alzheimer señalan un progreso significativo frente a una condición que históricamente ha sido muy difícil de tratar. Estos desarrollos podrían transformar las tendencias futuras de mortalidad y morbilidad, y tener implicaciones importantes para la suscripción, el diseño de productos y la experiencia de siniestros a largo plazo, a medida que el diagnóstico se realice cada vez más temprano y se fortalezcan las estrategias de prevención. Agradecemos especialmente a Umair Ali por sus contribuciones a este informe.
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Puntos claves

  • Los avances en diagnóstico, incluidos los biomarcadores en sangre y las pruebas con punción en el dedo, están permitiendo identificar el Alzheimer de forma más temprana y precisa, lo que podría influir de manera significativa en la suscripción, el riesgo de antiselección y los patrones de siniestros a largo plazo.
  • Cada vez hay más evidencia de que el manejo de factores de riesgo relacionados con el estilo de vida, la salud vascular y el entorno —junto con nuevos hallazgos que vinculan la vacunación con un menor riesgo de demencia— podría retrasar significativamente la aparición del Alzheimer o reducir su incidencia.
  • Nuevas terapias modificadoras de la enfermedad, junto con investigaciones en evolución sobre medicamentos GLP-1 y anticuerpos monoclonales, apuntan a un futuro con estrategias de tratamiento más específicas que podrían ralentizar la progresión de la enfermedad y cambiar las expectativas a largo plazo de mortalidad y morbilidad.

Resumen ejecutivo
La enfermedad de Alzheimer (EA) ha sido durante mucho tiempo una de las condiciones más difíciles de comprender, diagnosticar y tratar, caracterizada por una manifestación clínica tardía y décadas de fracasos terapéuticos. A medida que esta situación comienza a cambiar, las aseguradoras de vida y salud deben monitorear de cerca los avances en la investigación sobre la EA, ya que las mejoras en diagnóstico, prevención y tratamiento tienen el potencial de transformar de manera significativa las tendencias futuras de mortalidad y morbilidad, las prácticas de suscripción y la experiencia de siniestros a largo plazo.

Interpretar las tendencias del Alzheimer es especialmente complejo porque los patrones históricos observados reflejan tanto cambios en las prácticas de diagnóstico, la disponibilidad de datos y el envejecimiento de la población, como cambios en el riesgo real de la enfermedad. Para los actuarios que establecen supuestos futuros, extrapolar simplemente las tendencias del pasado podría, por lo tanto, sobreestimar el riesgo futuro.

Al mismo tiempo, los avances en biomarcadores, estudios de imagen y genética están permitiendo una detección más temprana y precisa del Alzheimer, mientras que una comprensión cada vez mayor de los factores de riesgo —que abarcan biología, estilo de vida y comorbilidades— está transformando la forma en que se conceptualiza y se estudia la enfermedad.

Junto con las nuevas terapias modificadoras de la enfermedad que están surgiendo, estos avances apuntan a un futuro cada vez más prometedor, marcado por intervenciones más tempranas, una mejor estratificación de los pacientes y enfoques más específicos para la prevención y el tratamiento.

Estos avances podrían desacelerar la progresión de la enfermedad y reducir la mortalidad ajustada por edad, incluso mientras el envejecimiento demográfico continúa impulsando una mayor prevalencia. Aun así, las tendencias negativas en el estilo de vida y en el entorno siguen representando un riesgo importante.

Un desarrollo particularmente prometedor es la aparición de biomarcadores en sangre para la enfermedad de Alzheimer. Si se adoptan de forma generalizada, podrían transformar el diagnóstico al permitir una detección más temprana y más amplia. Sin embargo, también podrían introducir un riesgo significativo de antiselección, especialmente en los seguros de enfermedades graves y cuidados a largo plazo, al cambiar el momento y la distribución de la incidencia y de los siniestros observados.

Tendencias de prevalencia, incidencia y mortalidad
La enfermedad de Alzheimer (EA) es la forma más común de demencia y provoca un deterioro cognitivo progresivo y una disminución en la capacidad funcional. Los avances en biomarcadores, neuroimagen y herramientas diagnósticas basadas en sangre están mejorando la capacidad para identificar la EA en etapas más tempranas. Al mismo tiempo, una nueva generación de terapias —algunas dirigidas a la biología subyacente de la enfermedad y no solo a los síntomas— está dando lugar a una atención más efectiva y personalizada.

Las cifras globales muestran que actualmente se estima que la EA afecta a unos 50 millones de personas en todo el mundo. Se espera que este número se triplique para 2050.

Figura 1: Prevalencia estimada y registrada de demencia en 19 países de la OCDE y países candidatos a adhesión, 2023 o último año disponible

Los datos históricos sobre prevalencia, incidencia y mortalidad de la enfermedad de Alzheimer (EA) pueden verse afectados por diversos sesgos de registro, desde las prácticas de diagnóstico hasta la codificación en los certificados de defunción, lo que hace que la interpretación y la modelación de las tendencias sea compleja. Por ejemplo, la introducción de la Clasificación Internacional de Enfermedades, décima revisión (CIE-10) incorporó nuevas categorías para la codificación de causas de muerte, y los cambios en las prácticas de registro influyeron en el número de muertes reportadas por EA y otras demencias.

Además, las definiciones de caso, que han variado y evolucionado con el tiempo, han generado una gran heterogeneidad, lo que dificulta seguir la prevalencia de la demencia de forma consistente a lo largo del tiempo y entre distintas regiones. Por esta razón, las medidas epidemiológicas estandarizadas son fundamentales para obtener conclusiones relevantes sobre las tendencias históricas.

Estudios cuidadosamente diseñados han mostrado una disminución en la incidencia estandarizada por edad en muchos países, incluidos Estados Unidos, Canadá, Dinamarca y el Reino Unido. Un metaanálisis de 49,202 personas en siete estudios realizados en Estados Unidos y Europa encontró que las tasas de incidencia de demencia disminuyeron 13% por década entre 1988 y 2015. Asimismo, las tasas de prevalencia de demencia por edad también han disminuido en Estados Unidos, cayendo aproximadamente dos tercios entre 1984 y 2024, a un ritmo relativo de 2.5% a 3.0%. Es posible que estas disminuciones se deban a cambios en los factores de riesgo de la enfermedad, como la reducción del tabaquismo, mayores niveles de educación y el uso de estatinas.

Sin embargo, la incidencia de Alzheimer ajustada por edad no está disminuyendo en todas partes. En algunos países de ingresos medios y medio-altos las tendencias se mantienen estables o incluso van en aumento, especialmente en Asia Oriental. Esta región se identifica de manera constante como una zona con una creciente carga de incidencia que no puede explicarse únicamente por el envejecimiento de la población. Esto podría reflejar efectos desfavorables asociados a períodos y cohortes, incluidos el aumento de factores de riesgo cardiometabólicos en la mediana edad (obesidad, niveles elevados de glucosa en ayunas y tabaquismo).

En contraste con la incidencia, las tasas de mortalidad relacionadas con la demencia ajustadas por edad han aumentado notablemente en Estados Unidos y en otros países. Este incremento pronunciado en las tasas de mortalidad refleja en gran medida un mayor reconocimiento y registro de la demencia en los certificados de defunción. Dependiendo de la fuente de datos, proyectar las tendencias históricas de la EA para establecer supuestos biométricos a futuro (incluidos los supuestos de mejora en mortalidad y morbilidad) podría ofrecer una visión excesivamente pesimista de las tendencias futuras.

Factores de riesgo y factores protectores
Se siguen logrando avances importantes en la comprensión de los factores de riesgo y de protección para la enfermedad de Alzheimer (EA), especialmente en áreas como:

  • Inflamación y señalización del sistema inmunológico (la capacidad del sistema inmune para detectar y responder a patógenos)
  • Efectos de la vacunación sobre el riesgo de demencia
  • Predisposición genética
  • Estilo de vida y manejo de factores de riesgo vasculares
  • Exposiciones ambientales

Durante mucho tiempo, los investigadores se han centrado en el beta amiloide —un péptido que se acumula en el cerebro y forma placas— como uno de los principales factores detrás de la demencia. Sin embargo, cada vez más evidencia científica apunta al sistema inmunológico y a la inflamación crónica como una pieza clave del problema. De hecho, la inflamación y la señalización inmunológica se están consolidando como algunos de los mecanismos causales emergentes más importantes. Una observación particularmente interesante es que la vacunación podría ayudar a reducir el riesgo de demencia al modular la actividad del sistema inmunológico.

Una serie de estudios recientes de gran escala ha reforzado estas hipótesis:

  • Un importante estudio de proteómica del UK Biobank publicado en 2026 (n = 43,685) identificó 218 proteínas inflamatorias asociadas con la aparición de demencia. Además, una nueva firma inflamatoria de 20 proteínas denominada “ProSig” mejoró de forma significativa la capacidad de predecir el riesgo de demencia más allá de los factores ya conocidos.
  • En uno de los análisis más rigurosos realizados hasta ahora, científicos examinaron los registros de salud de más de 280,000 adultos mayores en Gales y encontraron que las personas que recibieron la vacuna contra el herpes zóster tenían 20% menos probabilidad de desarrollar demencia durante los siete años siguientes en comparación con quienes no fueron vacunados. Estos resultados representan algunas de las evidencias más sólidas hasta ahora de que una vacuna de uso rutinario podría ofrecer una protección significativa contra la demencia.

Más evidencia ha seguido alimentando el interés en esta línea de investigación. Varios estudios poblacionales han reportado asociaciones similares, incluida investigación que muestra que incluso las vacunas contra infecciones respiratorias, como el virus respiratorio sincitial (VRS), podrían estar vinculadas con un menor riesgo de demencia. En conjunto, estos hallazgos sugieren que la vacunación podría ayudar a contrarrestar desencadenantes inflamatorios o virales que contribuyen al deterioro cognitivo.

El avance más notable se dio en diciembre, cuando un estudio de seguimiento reveló que la vacuna contra el herpes zóster no solo podría prevenir la demencia, sino también desacelerar su progresión. En este análisis, la vacuna se asoció con un menor riesgo de deterioro cognitivo leve en adultos cognitivamente sanos y, de forma destacada, con una reducción en la mortalidad entre personas que ya vivían con demencia. Esto sugiere que los beneficios de la vacuna podrían ir más allá de la prevención y llegar incluso a modificar el curso de la enfermedad.

En conjunto, estos estudios marcan un cambio importante: ciertas vacunas que durante años se han utilizado para prevenir enfermedades infecciosas también podrían representar una nueva vía prometedora para reducir el riesgo de demencia y mejorar los resultados en quienes ya la padecen.

Desde hace tiempo se sabe que las variantes del gen apolipoproteína E (APOE) están fuertemente asociadas con un mayor riesgo de enfermedad de Alzheimer. Sin embargo, un estudio reciente en personas de 60 años o más encontró que la proporción de todos los casos de demencia atribuible a las variantes Ɛ3 y Ɛ4 del APOE fue de 44.4% y 45.6%, respectivamente. La investigación concluyó que la mayoría de los casos de Alzheimer podrían prevenirse —o al menos retrasarse— al reducir el riesgo asociado con las diferencias en la expresión o función del gen APOE.

Figura 2: Porcentaje de casos de Alzheimer que podrían retrasarse o reducirse al abordar cada uno de los 14 factores de riesgo relacionados con el estilo de vida o con políticas públicas a nivel poblacional⁹
Total acumulado = 45%

La implementación de medidas preventivas como aumentar la actividad física y la socialización, dejar de fumar y reducir el consumo de alcohol puede disminuir el riesgo de un diagnóstico temprano de enfermedad de Alzheimer.

Otros factores de riesgo incluyen mala salud mental, bajo nivel de educación en etapas tempranas de la vida, pérdida auditiva, contaminación del aire, diabetes, hipertensión, obesidad, traumatismo craneoencefálico y dos factores identificados recientemente: niveles elevados de colesterol LDL y problemas de visión. El ensayo U.S. POINTER demostró que una intervención estructurada en el estilo de vida (ejercicio, alimentación, estimulación cognitiva y control de riesgos vasculares) mejoró la función cognitiva en adultos mayores con mayor riesgo.

La pérdida auditiva también está asociada con el deterioro cognitivo y con un mayor riesgo de demencia, y fue identificada por la Comisión Lancet de 2024 como un factor de riesgo importante. En un análisis basado en datos del Framingham Heart Study, entre enero de 2024 y agosto de 2025, los participantes con pérdida auditiva leve o mayor (en comparación con quienes tenían una pérdida mínima o ninguna) presentaron menor volumen cerebral y menor desempeño cognitivo. En quienes tenían pérdida auditiva mínima, el riesgo de desarrollar cualquier tipo de demencia fue 71% mayor durante un periodo de 15 años en comparación con quienes no tenían pérdida auditiva, y fue aún mayor (186% más alto) en personas con al menos un alelo APOE Ɛ4. El manejo de la pérdida auditiva con aparatos auditivos podría modificar el riesgo de desarrollar demencia en aproximadamente 8% de los nuevos casos registrados cada año.

Estos hallazgos están respaldados por otros estudios, incluido el de Ishak et al. sobre incidencia de demencia y pérdida auditiva, donde uno de cada tres casos de demencia (32%) podría atribuirse potencialmente a una pérdida auditiva significativa, ya sea leve (16.2%) o moderada o mayor (16.6%). Sin embargo, aún no está claro hasta qué punto la pérdida auditiva actúa como un factor asociado o causal.

También sigue aumentando la evidencia que vincula la contaminación del aire, en particular las partículas finas (PM2.5), con un mayor riesgo de desarrollar demencia (ver Alzheimer’s Disease: Epidemiology, Risks, and Testing | RGA). Aunque la causa exacta aún no se comprende completamente, la exposición a PM2.5 se ha asociado con pérdida de volumen cerebral, atrofia, envejecimiento acelerado, empeoramiento de los niveles del biomarcador amiloide-beta 42 en el líquido cefalorraquídeo y una mayor positividad en tomografía por emisión de positrones (PET) para amiloide.

En un estudio reciente de 602 pacientes fallecidos con demencia o trastornos del movimiento, una mayor exposición a PM2.5 antes de la muerte se asoció con 19% más probabilidades de presentar cambios neuropatológicos más severos relacionados con la enfermedad de Alzheimer. En un metaanálisis independiente de 32 estudios, el diagnóstico de demencia también se asoció con la exposición prolongada a PM2.5, con una razón de riesgo de 1.08 por cada aumento de 5 µg/m³ en la exposición.

Diagnóstico
El desarrollo de biomarcadores detectables y medibles en sangre está a punto de transformar el proceso de diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer, que anteriormente se basaba principalmente en los síntomas clínicos y en un proceso de descarte. Una serie de avances recientes en diagnóstico anunciados el año pasado podría revolucionar la detección y el tratamiento temprano de la enfermedad. Las nuevas herramientas diagnósticas aprobadas, así como las que aún están en desarrollo, podrían reducir la mortalidad asociada con el Alzheimer y mejorar de manera significativa la calidad de vida de los pacientes. Esto, a su vez, podría influir en los pagos de siniestros y en la fijación de precios de múltiples líneas de productos de seguros.

En mayo de 2025, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) aprobó el primer análisis de sangre para el diagnóstico temprano de placas de amiloide asociadas con la enfermedad de Alzheimer, con una precisión superior al 90%. Si pruebas de biomarcadores en sangre como esta se volvieran ampliamente accesibles y a un costo asequible, podrían realizarse de forma rutinaria en consultorios médicos, sustituyendo pruebas más costosas y complejas como las tomografías por emisión de positrones (PET) basadas en amiloide y tau y la electroencefalografía (EEG), además de reducir los tiempos de espera para acceder a servicios especializados.

También podrían utilizarse en personas sin síntomas, lo que abriría la posibilidad de aplicar tratamientos preventivos en individuos con alto riesgo.

Más recientemente, el proyecto internacional DROP-AD ha demostrado la precisión de un análisis de sangre mediante punción en el dedo para detectar biomarcadores de Alzheimer, con una precisión estimada de 86% para predecir la positividad de biomarcadores en el líquido cefalorraquídeo asociados con la enfermedad.

Aunque todavía pasarán algunos años antes de que esta prueba pueda implementarse de forma generalizada, representa una esperanza para lograr diagnósticos más tempranos, lo que podría cambiar por completo la trayectoria proyectada de la incidencia y la mortalidad asociadas con la demencia.

Además, poder monitorear a los pacientes de forma más regular a lo largo del tiempo para un manejo personalizado podría cambiar la vida de muchas personas diagnosticadas con enfermedad de Alzheimer.

Ante estos nuevos avances, el Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos (NIA) y la Alzheimer’s Association (AA) publicaron criterios diagnósticos revisados para la enfermedad de Alzheimer. Entre ellos se establece que la enfermedad debe definirse biológicamente a partir de biomarcadores clave, y no únicamente con base en los síntomas clínicos, y que progresa desde cambios iniciales en el cerebro hasta una patología cerebral progresiva acompañada de manifestaciones clínicas.

Si bien una herramienta de preevaluación autoadministrada en casa podría permitir detectar la enfermedad con años de anticipación antes de que aparezcan los síntomas, también podría facilitar la antiselección en seguros de vida, seguros de cuidados a largo plazo (LTC) y otros productos de seguros.

Tratamientos
Mucho ha cambiado desde junio de 2021, cuando se anunció que aducanumab (Aduhelm™) había sido aprobado por la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA) como una terapia modificadora de la enfermedad para el Alzheimer (ver New Medication for Alzheimer’s Disease | RGA). Su aprobación fue controversial en ese momento, debido a dudas sobre sus beneficios clínicos.

Aducanumab fue retirado por la compañía farmacéutica estadounidense Biogen en enero de 2024, según se informó, debido a la falta de cobertura por parte de los seguros y a las bajas tasas de prescripción.

Biogen focused its resources on lecanumab (Leqembi), an anti-amyloid beta treatment designed to treat people with early signs of AD.18 Lecanumab has proven effective in slowing cognitive decline in early AD, emphasizing the importance of early diagnosis and interventions. Approved by the FDA in 2023, it is designed to reduce amyloid plaques in the brain and is indicated for use in patients with mild cognitive impairment or mild dementia stage of AD.19,20

Donanemab (Kisunla) was authorized by the FDA in 2024.21 It, too, is an anti-amyloid immunotherapy designed to reduce amyloid plaques in patients showing signs of early-stage AD. It significantly slowed clinical progression at 76 weeks in patients with low/medium tau and in the combined low/medium and high tau pathology group.22

Both drugs are administered via intravenous infusions and have been shown to reduce amyloid plaque deposits over 12-18 months, slowing cognitive decline by roughly 30%.1


It should, however, be noted that both lecanumab and doanemab have significant side-effect risks, including brain swelling and intracranial bleeds, so outcomes should be considered with caution.

Los tratamientos farmacológicos más antiguos incluyen donepezilo, un inhibidor de la colinesterasa (ChEI) que bloquea la descomposición del neurotransmisor acetilcolina, involucrado en la memoria y el aprendizaje, y los agonistas del receptor N-metil-D-aspartato (NMDA), como memantina, que inhiben la acción de los receptores NMDA en el cerebro. Ambos están diseñados para retrasar la progresión del deterioro cognitivo, aunque con efectos modestos.

La siguiente figura muestra los cambios en las puntuaciones de la escala de clasificación clínica de la demencia durante un periodo de seguimiento de 15 años, donde los valores más altos indican un mayor deterioro cognitivo.

Figura 3: Efecto de diferentes estrategias de tratamiento sobre el deterioro cognitivo a lo largo del tiempo²³
Valores más altos indican un mayor deterioro cognitivo.

Ejemplos de medicamentos en ensayos clínicos, incluidos los agonistas del receptor GLP-1
Cada vez hay más evidencia de que las personas con diabetes que utilizan medicamentos GLP-1 para controlar su enfermedad tienen una menor probabilidad de desarrollar demencia. Aunque los mecanismos biológicos que vinculan estos medicamentos con un menor riesgo de demencia aún no se comprenden por completo, la evidencia acumulada resulta prometedora. Esto sugiere que, con más investigación, estos fármacos podrían llegar a demostrar un efecto protector frente a la demencia.

En noviembre de 2025, Novo Nordisk anunció resultados preliminares de dos ensayos clínicos de fase 3 (Evoke y Evoke+) de su agonista oral del receptor del péptido similar al glucagón-1 (GLP-1), semaglutida, en etapas tempranas de la enfermedad de Alzheimer. La compañía informó que, aunque el tratamiento con semaglutida mejoró los biomarcadores relacionados con el Alzheimer en ambos estudios, esto no se tradujo en un retraso en la progresión de la enfermedad. Los resultados completos se publicarán en marzo. A pesar de que los ensayos Evoke y Evoke+ no alcanzaron sus objetivos principales, la semaglutida podría seguir teniendo relevancia en la investigación sobre el Alzheimer, especialmente en prevención o intervención temprana, más que en el tratamiento de la enfermedad ya establecida.

Por otra parte, en diciembre de 2025 se publicaron resultados de un ensayo clínico de fase 2b del medicamento liraglutida, también del grupo GLP-1, que mostraron resultados prometedores en personas con Alzheimer en etapa temprana a moderada. El estudio observó aproximadamente la mitad de pérdida de volumen cerebral y un 18% más lento deterioro de la función cognitiva. El ensayo también encontró que la liraglutida inyectable lograba llegar al cerebro, uno de los principales retos para cualquier nuevo tratamiento potencial contra el Alzheimer, aunque en cantidades pequeñas.

La semaglutida oral (utilizada en los ensayos Evoke y Evoke+) está optimizada para lograr estabilidad y absorción en el tracto gastrointestinal, así como una exposición sistémica prolongada. Sin embargo, estas características también parecen reducir su capacidad para llegar al cerebro. Esto podría explicar por qué estos dos ensayos produjeron resultados diferentes.

Los ensayos de otras terapias modificadoras de la enfermedad incluyen el uso de anticuerpos monoclonales como trontinemab, diseñado específicamente para atravesar la barrera hematoencefálica y eliminar rápidamente las placas de amiloide en el cerebro. En un ensayo clínico de fase 1b/2a con 114 participantes, el 91% de los pacientes que recibieron la dosis más alta de trontinemab alcanzó negatividad de amiloide a las 28 semanas. Un aspecto importante es que el medicamento presentó una tasa de menos del 5% de hemorragias o inflamación cerebral, entre tres y cinco veces menor que la observada con inmunoterapias existentes.

Actualmente continúan los ensayos para evaluar la eficacia y seguridad de trontinemab en pacientes que presentan signos tempranos de la enfermedad de Alzheimer.

Conclusión: una perspectiva desde el seguro
Estos avances plantean importantes preguntas estratégicas para las aseguradoras:

  • ¿Cómo podrían cambiar las tendencias de incidencia y mortalidad?
  • ¿De qué manera los nuevos diagnósticos podrían transformar la evaluación del riesgo?
  • ¿Qué ajustes serán necesarios en suscripción, fijación de precios, diseño de productos y gestión de siniestros?

Para los actuarios que establecen supuestos de tendencia, es importante señalar nuevamente las dificultades para interpretar y extrapolar los datos históricos sobre la enfermedad de Alzheimer. Dependiendo de la fuente de datos, proyectar las tendencias históricas hacia el futuro podría ofrecer una visión demasiado pesimista de las tendencias futuras de la demencia.

Los expertos consideran que adelantar el diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer es clave para mejorar los resultados en términos de mortalidad y calidad de vida. Un diagnóstico temprano amplía el periodo en el que los pacientes pueden beneficiarse de terapias que reducen los síntomas o desacelerar la progresión de la enfermedad. Por sí solo, este cambio podría disminuir de forma significativa la progresión de la enfermedad y las tendencias de mortalidad asociadas con el Alzheimer en el futuro.

Para principios o mediados de la década de 2030, se espera que la prevalencia de la demencia se acelere, a medida que grandes segmentos de la población alcancen edades avanzadas. Sin embargo, las mejoras continuas en los factores de riesgo modificables asociados con la demencia podrían ayudar a reducir las tasas de incidencia. Durante este período, las tasas de mortalidad ajustadas por edad podrían disminuir si las nuevas herramientas de diagnóstico logran adelantar la detección de la enfermedad y si aumenta el uso de terapias modificadoras de la enfermedad.

En un horizonte de 10 a 20 años, reducir de manera significativa la progresión de la enfermedad y la mortalidad probablemente dependerá del tratamiento de pacientes asintomáticos. Aunque actualmente la evidencia es muy limitada, un mayor uso de medicamentos GLP-1 y estrategias de vacunación dirigidas podría ayudar a prevenir o retrasar la aparición del Alzheimer en las próximas décadas. En contraste, el empeoramiento de los riesgos ambientales (como la contaminación del aire) y las tendencias de estilos de vida poco saludables que favorecen la obesidad y la diabetes podrían generar una incidencia de demencia mayor a la esperada, especialmente en poblaciones vulnerables.

Cabe señalar que reducir la mortalidad específica por enfermedad de Alzheimer no se traduce directamente en un aumento equivalente de la esperanza de vida. Las personas que eviten morir por Alzheimer seguirán estando expuestas a enfermedades cardiovasculares, cáncer, infecciones, problemas asociados con la fragilidad y otros riesgos relacionados con la edad. Esto se conoce como la teoría de los riesgos competitivos.

En otras palabras, un aumento en la supervivencia frente a una enfermedad puede verse parcial o totalmente compensado por muertes debidas a otras causas que ocurren más adelante en la vida.

Desde una perspectiva de suscripción, un diagnóstico más temprano y la intervención temprana podrían mejorar la posibilidad de que personas más jóvenes accedan a seguros de vida, coberturas de enfermedades graves y seguros de cuidados a largo plazo (LTC). Sin embargo, también aumenta la probabilidad de antiselección por parte de solicitantes que no revelan un resultado positivo en biomarcadores y que aún no presentan síntomas de la enfermedad de Alzheimer.

Por ello, es fundamental contar con definiciones claras en los seguros de enfermedades graves para el pago del beneficio ante un diagnóstico de Alzheimer, asegurando que se requiera una reducción significativa de la función cognitiva, y no únicamente un diagnóstico basado en un resultado positivo en biomarcadores.

Como resultado, las aseguradoras podrían necesitar revisar y fortalecer las definiciones tanto en los seguros de enfermedades graves (CI) como en los de cuidados a largo plazo (LTC).

También surgen desafíos para los suscriptores de rentas vitalicias, que pueden recibir solicitudes de personas con resultados positivos en biomarcadores de Alzheimer, pero que aún no presentan síntomas.

Las aseguradoras de vida y salud deben seguir de cerca la rápida evolución del panorama de la enfermedad de Alzheimer y monitorear cómo los nuevos avances se reflejan en la mortalidad, morbilidad, evaluación de suscripción y patrones de siniestros a largo plazo. A medida que los biomarcadores en sangre parecen encaminados a permitir una detección más temprana, las aseguradoras enfrentan nuevas oportunidades y también nuevos desafíos, desde una mejor estratificación del riesgo hasta una mayor presión por la antiselección.

Si las pruebas de biomarcadores para Alzheimer se vuelven comunes, podrían generar antiselección, especialmente en los seguros de enfermedades graves (CI) y cuidados a largo plazo (LTC). De igual manera, la rápida evolución de las terapias modificadoras de la enfermedad, las intervenciones preventivas, las recomendaciones de salud pública y las aprobaciones regulatorias puede transformar las proyecciones de esperanza de vida, lo que obligará a las aseguradoras a ajustar continuamente la fijación de precios, el diseño de productos y los supuestos de reservas.

Contáctanos hoy para saber cómo aplicar esta investigación y fortalecer tu negocio.

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Referencias

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